poeta del mar
Soy Carolina,
Poeta del mar
Mi vida ha dado giros inesperados en los últimos años.
No sé si alguna vez soñé con ser freediver, autora, profesora, caminante y nómada del mar al mismo tiempo, pero aquí estoy, tratando de hilarlos todos en una historia que tenga sentido.
Siempre digo que escribir sobre mí es lo más difícil: ¿dónde empieza realmente un camino? ¿Con un libro, un amor, un viaje, una caída?
Supongo que puedo empezar así: mi nombre es Carolina Pulido Ariza, pero me llaman “Poeta del mar”.
No creo que nos defina lo que hacemos, sino lo que amamos.
Amo escribir —especialmente poesía—, amo el mar, amo viajar, vivir los lugares, quedarme semanas para entender su alma. Amo las noches de luna nueva, porque sé que solo en la oscuridad se ven las mejores estrellas brillar. Escribo desde mis cicatrices, porque las pérdidas más grandes —mi madre, mi padre, mis abuelos, y un gran maestro— han dado fruto a versos, libros, e incluso nuevas marcas de profundidad.
Amo enseñar, ese don lo heredé de mi madre. Amo el buen café y bailar Sonido bestial.



He vivido vidas distintas en pocos años. Trabajé en las Naciones Unidas, dirigí equipos, viajé por el mundo escribiendo sobre agricultura, finanzas rurales y juventudes. Enseñé en universidades, asesoré proyectos, habité oficinas en Montpellier, Barcelona, Roma, París, Bogotá. Desde afuera parecía una vida sólida. Desde adentro, un tsunami me ahogó.
Y entonces llegó el mar. El agua salada que todo lo cura.
No de golpe, sino como lo hacen las cosas que vienen para quedarse: primero tímido, luego urgente. Me refugié en él en una de esas crisis que cambian la piel.
Empecé a escribir, publiqué TRECE, luego aMar y otras adicciones.
Fui peregrina en el Camino de Santiago, que me llevó al mar y a la apnea. Cada uno fue una especie de renacimiento. Una grieta. Una puerta.
Aprendí este deporte tarde, casi como quien aprende un idioma que siempre tuvo en la garganta. El mar me enseñó a respirar, a soltar, a caer en silencio sin destruirme.
Hoy entreno profundidad, compito, enseño, y sigo sorprendiéndome de cómo algo tan sencillo como el agua puede ordenar lo que ninguna terapia pudo terminar de nombrar.
También aprendí a caminar.
El Camino de Santiago me devolvió la voz cuando sentía que la había perdido. Allí nació el diario que hoy acompaña mi próximo libro: un cuaderno lleno de mareas internas, encuentros, despedidas y un renacer que todavía me cuesta explicar. Por eso escribo: porque a veces las palabras son la única manera de sostenerse mientras una parte de ti vuelve a nacer.
No ha sido fácil. Me he roto más de una vez. Quizás esa es la fuerza de mi pluma. Como dicen en francés: «les auteurs sont torturés»… voilà.
Y aquí estoy ahora.
Preparando el lanzamiento de mi nuevo libro. Entrenando para competencias que me dan miedo y felicidad al mismo tiempo —sobre todo miedo—. Pero he entendido que esa es la puerta para lograr cosas extraordinarias.
Estoy construyendo una vida que no fue exactamente la que soñé de pequeña… o quizá sí, pero ahora se ve más grande, más honesta, más mía, más lenta. Una vida hecha de aire retenido, de kilómetros a pie, de cafés al amanecer, de alumnos que salen sonriendo. Una vida que me prometí a mí misma cuando todo se cayó.
Este espacio es para nosotras.
Para dar vitrina a los sueños,
a lo que renace.
Para unir voces, porque juntas somos más fuertes, y quizá este espacio pueda inspirar a otros a dar ese salto al vacío y atravesar uno de sus miedos.
